martes, 12 de abril de 2011
sábado, 2 de abril de 2011
EL CALVARIO DE UNA MUJER
EL CALVARIO DE UNA MUJER
El enamoramiento, la mala formación religiosa y las patologías emocionales son fuente constante de sufrimiento humano y de errores en la vida. El siguiente relato es sólo un botón de muestra de lo que resulta cuando una persona ha sido víctima de estas tres causas de sufrimiento al mismo tiempo.
“Desde que se suicidó Miguel Ángel mi vida ya no tiene sentido. Yo era una persona muy alegre y cariñosa con todos, lo cual me acarreó también muchos problemas. Mi matrimonio había sido un fracaso. Ya en el viaje de novios me di cuenta de que no podía seguir con él. Me quitó toda la libertad para con la familia, los amigos y un sin fin de cosas. Mi marido, en efecto, era una persona insegura y con unos celos de muerte. Yo no podía vivir así. Lo consulté con un sacerdote y me dijeron, incluso en la Rota, que esto no tenía arreglo y que cada día iría a peor. Me anularon el matrimonio por no haber existido consumación. Él lo pasó muy mal y se puso en contacto con un sacerdote del Opus Dei y al final, yo llena de escrúpulos de conciencia, volvimos a casarnos. Tuve cuatro abortos, un niño que murió en el parto y, gracias a Dios, tenemos una hija con 26 años que es muy buena, pero que a su padre no lo quiere y no se relaciona con él. Ella fue a la psicóloga y la aconsejaron que para nada se relacionara con él porque es un hombre celoso y enfermo. Yo la digo a mi hija que su padre no nos ha dejado crecer y que me voy a condenar por su culpa, aunque, gracias a Dios, me siento querida por todos. He estado durante cuarenta años cuidando enfermos como Auxiliar de Enfermería y he sido muy feliz en mi trabajo con las compañeras y con la Dirección. Mi familia me quiere con locura y tengo un montón de amistades con las que me siento muy bien. Sólo tengo problemas con él y me hace mucho sufrir. Miguel Ángel era, junto con mi hija, los que me quitaban las penas.
Yo vivía en Barcelona con mi hermana y cuando ella tuvo a M. Ángel trabajábamos las dos en el Hospital, nos turnábamos y lo criamos entre las dos. Él siempre decía que tenía dos madres y yo lo tenía como un hijo. Ellos vivían en Barcelona y yo al casarme me vine a vivir a Madrid. ¡Cuánto lloré por ese niño!
Cuando me separé de mi marido regresé a Barcelona y me volvieron a dar la plaza en el Hospital. Miguel tenía 6 ó 7 años pero fue un ángel para mí. Fue un niño muy querido por todos menos por mi marido. Yo me le traía con sus hermanos menores a Alcobendas y los apuntaba a los campeonatos con mi hija y toda la vida hemos tenido esa relación tan bonita. Tengo que decir que el padre de Miguel es un hombre bueno, pero también con problemas, hijo de madre soltera, y muy autoritario. A los 14 años se fue de casa, luego a la Legión y, por supuesto, con mucha falta de cariño, lo cual siempre pasa factura. Por su parte mi hermana es una santa y no sé cómo resiste.
Miguel tuvo una relación con una chica durante 7 años y ésta le dejó por otro que era de un nivel social más alto y creo que ese fue el problema. Le sobrevino una depresión profunda y tuvo el primer intento de suicidio dejando una nota escrita. Estuvo en coma y salió de ella pero a partir de entonces estaba siempre triste. Se fue a Méjico y mejoró. Luego se fue a Cuba a estudiar cine. Yo le pagaba los estudios y estaba contento. Allí se casó con una chica divorciada de 23 años de edad la cual creo yo que le volvió loco. Esta chica le convenció para volver a Barcelona y cuando ya estaban allí ella se fue con otro señor y le dejó tirado.
Las cosas iban a peor y yo decidí traérmelo a Madrid para que se olvidara de ella, al menos para que no la viera y le hiciera sufrir, ya que él sí que la quería. Estuvo durante algún tiempo en Madrid pero volvió de nuevo a Barcelona donde empezó a beber y a drogarse. Con lo cual iba de mal en peor. Así las cosas, me lo traje otra vez a Madrid porque mi hermana ya no podía más. Tiene otro hermano enganchado también a la droga. Su padre murió de una sobredosis y dejó un niñito. La madre los tenía en casa al padre del niño y a Miguel Ángel y ya no podía soportar aquella situación. Así las cosas yo quise ayudar a mi hermana con la convicción de que Miguel Ángel podría curarse ya que a mí me quería mucho y haría lo que yo le dijera.
Estuvo trabajando de administrativo en el Hospital, se puso en tratamiento. Yo le veía con ganas de recuperarse y me hice muchas ilusiones. Yo rezaba mucho y le pedía al Señor que no le dejara solo. Hablé con un sacerdote sobre este asunto y, según su opinión, era que yo no rezaba bien. Luego todo se fue complicando. En el Centro donde yo trabajaba no le hacían mucho caso y todo fue de mal en peor. Y llegó la tragedia que no se la deseo ni al más criminal y enemigo, porque eso es para vivirlo.
Yo me moriré con la pena de haber llamado a la policía para que nos ayudara en esos momentos de locuras que tuvo. Tengo la sensación de haberle llevado al patíbulo para que le crucificaran porque, si no le mataron, se le dejaron morir, que es lo mismo. Tengo metidos en mi corazón dos gritos de lamentos y agonía. Murió como un criminal sin haber hecho nada (era un enfermo) con un corazón que ya quisiera yo parecerme a él. Tengo la sensación de que Dios me ha castigado, y bien, por tantas infidelidades de mi vida pasada. Y si él está en el infierno, como me aseguró un sacerdote exorcista, yo también quiero ir allí con él ya que soy más culpable que él.
Yo soy de un pueblo de Badajoz y la quinta de los 6 hermanos. Una murió a los 22 años de edad cuando yo tenía 7 y lo recuerdo todo. La dejó el novio y entró en una depresión muy grande que entonces llamaban “mal de amores”. Se volvió medio loca. Era la mayor de los hermanos y mi madre no la podía atender aunque la llevó a muchos médicos. Pero ella no mejoraba. Al contrario, sufría ataques y hacía locuras. Luego me enteré por otra hermana que mi madre no pudo más y en uno de esos ataques que sufrió la ayudó a morir, o sea, que le practicó la eutanasia.
Yo no podía comprender esto pero luego pensé: ¿cómo estaría mi madre para hacer eso? ¡Dios mío! Pasábamos hambre. Yo recuerdo que el poco tiempo que puede ir al colegio cogía dinero a las monjas porque no podíamos comer en casa. Yo tendría 10 ò 12 años y me iba al campo a segar y dormía debajo de una encina o en un cortijo con mi padre y varios hombres encima de una manta o como se podía, y casi sin comer.
Por las noches iba al colegio, saqué los estudios primarios y empecé a sentir deseos de ser monja. Lo que digo a continuación es para morirse. Nunca hasta ahora lo había contado porque es antinatural. Así lo veo ahora, pero entonces me parecía que tenía que ser así. Se trata de lo siguiente. El sacerdote que nos dirigía decía que para ser monja había que ser virgen y que la virginidad se podía perder de muchas maneras. Por ejemplo, por un movimiento brusco o cualquiera otra cosa porque él sabía que nosotras no habíamos tenido relaciones con ningún hombre. Así que él mismo nos examinaba individualmente por separado aunque nunca las cosas llegaron a más. Entre las chicas que examinó para verificar su virginidad me encontraba yo. Entonces, insisto, aquel chequeo de virginidad a las chicas que habíamos expresado el deseo de ser monjas nos pareció normal. Ahora, cuando recuerdo aquellas escenas me digo a mí misma: ¡Madre mía, qué disparate y qué ignorancia la mía! Luego supe que aquel sacerdote, afortunadamente, se había marchado del pueblo y se había casado.
A los 18 años de edad me fui a Badajoz a cuidar a mi abuela que vivía con su hijo, hermano de mi madre. Vivía cerca de la Catedral y allí me fui a confesar con un sacerdote, canónigo y profesor del Seminario. Me dijo que fuese a su casa porque me iba a dejar prestados unos libros. Efectivamente, fui a su casa en busca de los libros prometidos y qué mala impresión me causó. Me estuvo enseñando el dormitorio, unas fotos de niñas semidesnudas y no recuerdo las cosas que me dijo. Cogí los libros y antes de marcharme me dijo que volviera pronto. Los libros se los entregué a unas monjas para que se los devolvieran ellas de mi parte y, muy preocupada, fui a contar lo ocurrido a otro sacerdote, el cual me dijo que tenía que informar al Obispo de lo ocurrido para que tomara cartas en el asunto.
A los 20 años de edad me fui a un convento de monjas e hice el noviciado. Al cabo de dos años tuve que someterme a una operación quirúrgica, fui a mi casa para recuperarme y no volví al convento sino que marché a Barcelona donde me apunté a clases de Auxiliar de enfermería. En el centro había una profesora monja y me enamoré de ella. Yo la quería muchísimo y creo que ella también a mí. Luego ella se fue a Salamanca a estudiar teología, se juntó con un teólogo y nos perdimos la pista para siempre. No ocurrió nada especial entre las dos pero yo quedé marcada por la tristeza. Yo adopté una actitud pasiva esperando a que ella tomara alguna iniciativa en la dinámica de nuestras relaciones afectivas. Esta experiencia dejó en mí una marca profunda de tristeza. De Barcelona marché a Bilbao a vivir con mi hermana y una amiga casada, con la cual mantuve una relación sentimental. Esta vez hubo intercambios sexuales entre las dos y terminamos muy mal.
Durante el tiempo que estuve con la nulidad de mi matrimonio conocí a otro sacerdote vinculado la catedral de Barcelona y con un cargo administrativo importante relacionado con Cáritas. Vivía con su anciana madre y me invitó a su casa y todo transcurrió con normalidad. Pero a los pocos días me dijo que volviera, acepté la invitación y terminamos en la cama. Yo había regresado a Madrid y un día me llamó para decirme que tenía que venir a Madrid para resolver unos asuntos y que me invitaba a comer en un buen Hotel donde se alojaba. Después del almuerzo me pidió que le acompañara a la habitación y terminamos una vez más en la cama. El párroco de mi pueblo quiso también liármela y tuve que salir pitando de su casa.
Yo comprendo que a veces estas situaciones no se pueden evitar y que lo que más daño me ha hecho de toda esta triste historia ha sido lo de que Miguel Ángel esté en el infierno. Porque, si alguien tiene que ir al infierno, esa soy yo por ser tan pecadora. Ahora me paso la vida pidiendo perdón al Señor por todo. Pero tengo una cortina tan oscura que no me deja ver la luz. Quisiera acercarme más al Señor y tener más fe, porque tengo momentos en que la pena, el dolor y los remordimientos no me dejan vivir en paz y hasta tengo muchas dudas de si verdaderamente Dios existe. A pesar de todo, quiero pensar que sí y le pido que me ponga alguien en el camino que me ayude a crecer y a cambiar y no me mande al psiquiatra, sino que me ayude a ser cada día un poco mejor. Yo quisiera estar cerca de Jesús y de la Santísima Virgen y sentirlos en mi corazón pero con estas cosas estoy aturdida y ya no sé ni por dónde ando ni a dónde voy. He tenido momentos muy malos, de no querer vivir porque la pena que tengo por todo casi puede conmigo.
Tengo pendiente el juicio de Miguel Ángel porque denuncié a la policía y me cuesta perdonar. Sólo quiero hacerles saber que M. Ángel no era un criminal o delincuente sino un enfermo, y a donde tenían que haberle llevado, como yo les dije, era a un hospital y no a un calabozo. Tengo el resultado de la autosia (para morirse uno de pena) y no pone nada de que hubiese tomado droga aunque sí alcohol, que debió mezclar con pastillas o no sé con qué. Cuando cogí el informe fue algo terrible al ver unas fotos que no sé cómo han podido ponerlas ahí. No puedo expresar el dolor que sentí al verle con una camiseta mía que le gustaba y los zapatos al lado.
Tuve un ataque de ansiedad, me fui a ver a mi psicóloga y gracias a ello pude tranquilizarme algo. La psicóloga, que también quería a Miguel Ángel, no quiso ver el Informe porque le iba a dar mucha pena verlo y me aconsejó que yo no volviera a verlo. Pero es igual porque lo tengo metido en el corazón y dentro de mi alma. Mis hermanos me han preguntado muchas veces por el Informe policial y les he dicho que se lo entregué a la abogada y que no pone nada en especial. Sólo que se suicidó. A la abogada le dije también que no se lo enseñara porque eso es terrible. Del Informe yo casi no entiendo nada. Cita cosas similares que yo no entiendo. Yo sólo entendí lo que vi: un hijo tan bueno, tan lindo y tan querido muerto de esa manera tan injusta como Cristo. Yo no podré nunca superar este dolor y el trauma que tengo. No sé cómo no me he vuelto loca, aunque a veces pienso que quizás algún día acabaré loca si es que no estoy ya un poco.
Tengo que decir que no he querido a nadie en mi vida como a él y aclaro que fue un cariño y amor especial. Puse en él al hijo que perdí y eran mi hija y él como dos hermanos sin diferencias de cariño ni de nada. Él tenía también locuras conmigo pero todo era muy limpio. Digo esto porque alguien pensó que teníamos algo más. Alguna vez me dijo: tía, si tú un día te mueres yo ese mismo día me voy contigo. ¿Se puede querer más? Entonces pienso que yo tendría que haber hecho lo mismo que él pensaba.
Ya le dejo a Usted porque las lágrimas no me dejan escribir y además pienso que le estaré cansando con este triste relato. Un abrazo. Asun.”
LA SEGUNDA ENTREGA DE ASUNCIÓN POR ESCRITO FUE LA SIGUIENTE.
“Hace tiempo que quiero expresar mis sentimientos surgidos del encuentro con un sacerdote al cual yo acudí buscando una ayuda que me diera un poco de paz para acercarme al Señor al cual yo casi despreciaba porque me había quitado lo que más quería. En efecto, yo tenía conmigo a mi sobrino al que crié. Toda la vida fue para mí un apoyo y lo mismo para sus padres y toda la familia. Teníamos locuras uno por el otro. Era un niño precioso especial. Tengo que dar gracias a Dios porque me enseñó a ser humana y caritativa. Quería y amaba a todos. A mí me tenía un cariño especial y yo lo mismo a él. Muchas veces me decía que yo era una roca, que admiraba mi fuerza y que, si yo me moría, ese mismo día se iría conmigo. Yo sentía lo mismo por él.
¡Y la mala suerte de la vida! Como he dicho antes, tuvo una relación de muchos años y la chica le dejó por otro hombre de condición social más alta. Cogió una gran depresión y tuvo un intento de suicidio en casa y estuvo a punto de morir. Se pudo recuperar pero ya no tuvo nunca ilusión por la vida. Yo conservo la carta de despedida que, si es necesario para poder interpretar su desesperación, se la puedo dejar a usted.
Con más o menos lucha pudo ir cogiendo ánimos. Él vivía en Barcelona con sus padres y cuando ocurrió la catástrofe de Méjico se fue a ayudar a la gente. Y me decía: como tú querías tener un hijo misionero, pues aquí estoy yo. Hizo la primera comunión en los dominicos de S. Pedro Mártir, en Madrid y se integró en los Boys Cows.
Le gustaba hacer cine y trabajó con Almodóvar en la película “Todo sobre mi madre”. Parecía que ya estaba bien y decidió irse a Cuba donde parecía que había un lugar de perfeccionamiento en ese campo del cine. Pues bien, lo de Cuba fue su perdición y la nuestra. Yo le pagaba los estudios y estaba encantada de que él estuviera bien. Pero conoció allí a una chica de 23 años divorciada y todo el afán de esta fue casarse con él y venirse a Barcelona. Mi hermana y mi sobrino, el hermano de Miguel Ángel, fueron a la boda y todo parecía bonito. Pero he aquí que al poco tiempo ella ya tenía otro hombre y le abandonó. Tengo la seguridad de que le hacían brujerías porque yo encontré herraduras, velas y otras cosas que los tenían trastornados y no pudo más. Así las cosas fui a Barcelona y me lo traje a mi casa porque mi hermana casi no le podía atender. Ella tenía otro hijo que no estaba bien y un niño de 8 años cuya madre había muerto a los 26 años a causa de una sobredosis. Yo le puse a Miguel Ángel en mano de médicos y con todo mi cariño y la ayuda que necesitaba iba trampeando pero quería morirse porque la vida no tenía ya sentido para él.
Empezó a beber muchísimo, tuvo buenos trabajos pero no podía con su cuerpo y yo me sentía impotente y cansada al tiempo que mi marido me martirizaba con el tema y tuve muchos problemas por ello. Pero yo pensaba que podía sacarle a Miguel Ángel de esta enfermedad. Rezaba y todos los días le ponía en manos del Señor pero cada día iba a peor, se empezó a meter en la droga y con tanta medicación antidepresiva el estado de su salud empezó a ser muy preocupante. Desaparecía durante varios días y yo me desesperaba buscándole por todas partes. Di parte a la policía y un día me lo encontraron pidiendo en el Metro como un mendigo lleno de llagas. Con cariño le pude llevar a casa y así íbamos pasando la vida. Yo trabajaba en el Hospital, tenía que madrugar y estaba cansada pero quería que se curara. Una vez tuve que ir a los Barranquillas a buscar la dosis porque se me moría. Yo no sabía cómo actuar pero le quería tanto que no me importaba nada de mí misma con tal de que él, que tenía un corazón limpio y bueno, estuviera bien. Yo quise que arreglara lo del divorcio por si conocía a otra chica y podía rehacer su vida pero ella, su mujer, le dijo que se tenía que volver a Cuba porque aún no cumplía el tiempo que marcaba la ley para permanecer en España. Luego supimos que ella se había traído a toda su familia a España y que tenía una hija con otro hombre.
El tuvo muchos altos y bajos. Unas veces quería seguir luchando y otras quería terminar con su vida. Tengo que decir que yo tengo una hija muy buena de 27 años, que es fruto de 4 embarazos y un niño muerto en el parto y ese sitio es el que ocupaba Miguel Ángel. Así yo me hice la ilusión de que tenía una hija y un hijo y él decía: qué suerte tengo de tener dos madres. Y qué pena, digo yo, que entre dos madres no pudimos salvarle. El me llamaba mamá y por eso digo que he perdido un hijo.
Una tarde se fue al médico y quedamos que cuando volviera iríamos por ahí a tomar algo juntos. Al día siguiente esperaba a una amiga que llegaba de Barcelona y su madre le había enviado algo de dinero para que pudiera pasar con ella el fin de semana. Como tardaba en volver del médico le llamé y me dijo que se había encontrado con unos amigos y que regresaría pronto. Pasaban las horas y no volvía por lo que yo estaba preocupada. Pasada la media noche le llamé y le noté mal. Entonces le dije que, si no venía, le cerraba la puerta de casa. Fui dura con él y me arrepiento de ello.
Por fin llegó. Yo estaba acostada, mi marido le abrió la puerta y comenzaron a discutir. Me levanté, me acerqué a ellos y seguí siendo dura. Le dije que si no se portaba mejor le mandaría con sus padres. Pero él ya no reaccionaba. De pronto, fuera de sí, dio un grito, se fue hacia mi marido con una navaja y le dijo que le iba a matar. Se volvió loco y a mí, que me tenía locuras de cariño, me cogió por el cuello, pero no podía hacer nada ya que estaba con un brote sicótico y no sabía lo que hacía. Yo tuve miedo de que se tirara por el balcón o se autolesionara. Le tiré al suelo en un intento por controlar la situación pero no podía. Y esta es mi pena, mi dolor y mis sentimientos que no me dejan vivir en paz.
Llamamos a la policía para que nos ayudaran y les dije que, por favor, le llevaran a un psiquiátrico porque se había vuelto loco, que él no era así ni había tenido antes esa actitud. Le llevaron a un Centro de Salud y no sé qué le dieron. Luego la Dra. Dijo a los guardias que si empeoraba llamaran al SAMUR. Yo esperaba sola en la sala de la comisaría y pedía información a los guardias. Primero me dijeron que estaba tranquilo y más tarde, que estaba muy mal. Luego oí dos gritos de él que los llevo grabados en el alma. Le pregunté al que me informaba que por qué le tenían allí tratándose de un enfermo el cual debería estar en un hospital. Me respondieron que ya habían llamado al SAMUR.
El médico del SAMUR habló conmigo antes de entrar a verle y me dijo que ya me informaría. Yo insistí en que Miguel Ángel debería estar en un centro psiquiátrico. Al poco tiempo salió y me dijo: ha fallecido, se ha suicidado. Yo no puedo explicar lo que sentí en mi alma al oír esta información. No comprendía nada. Miguel Ángel entró en esas dependencias por sus propios pies y me lo sacaron muerto. ¿Cómo se lo dejaron morir? Sentí dolor y odio hacia aquellas personas que tendrían que haberle cuidado ya que era un enfermo. No me dejaron verle ni vivo ni muerto ni tampoco me mostraron dónde le habían tenido. El Comisario me dijo que lo sentía y reconocía que había sido una negligencia.
Yo no daba pie con bola. Eran las cuatro de la mañana y tenía que llamar a sus padres que vivían en Barcelona, a mi hija y a mis cuatro hermanos, los cuales vivían en Bilbao y Huelva. No acertaba a dar con los números de teléfono y yo estaba medio loca. Ya puede usted imaginarse el estado de ánimo de sus padres al encontrarse con su hijo en el Tanatorio. Yo tampoco pude verle antes. Ante esta tragedia me derrumbé, me desesperé y quería morirme. Sentía odio, falta de fe, desesperación y todo lo peor.
En este estado de ánimo me encontraba y una compañera del Hospital me dijo que fuera a hablar con el P. Amando, que era el que podría ayudarme pues hacía exorcismos y que me iba a sentir mejor. Seguí el consejo de mi compañera y fui. ¡Madre mía! Qué dolor sentí al escucharle. Después de contarle todo me confesé con él y me pareció que ya iba a sentirme mejor y encontrar un poco de paz. Pero al terminar sus oraciones me dijo en tono sentencioso y contundente: “tu sobrino está en el infierno”. Lo dijo con tal frialdad que me dejó rota, salí de allí destrozada y me dieron ideas de tirarme al Metro, porque yo también quería ir al infierno con él. No se puede nadie imaginar usted el daño tan grande que me han hecho estas palabras y no soy capaz de quitármelas de encima. A veces pienso: si él está en el infierno yo también quiero estar allí con él. Actualmente me encuentro mejor y pido a Dios que no me deje de su mano, pero me cuesta todo mucho.
Otro sacerdote, cuando le comenté estas cosas, me dijo que a lo mejor yo no rezaba bien y por eso Dios no le curó a Miguel Ángel. Respuesta que aumentó mi pena. Otro al que confesé mis pecados de desesperación y angustia me dijo que él no podía hacer nada porque lo mío era un caso de tratamiento psiquiátrico. Pero el psiquiatra y psicólogo a los que estoy acudiendo sólo me escuchan y dan pastillas y no me dan ni esperanzas ni paz. ¡Qué mala suerte la mía! Si puede y dispone de tiempo me gustaría hablar con usted sobre el contenido de este triste relato. Asun”.
Efectivamente, tuve la oportunidad de estudiar con detenimiento y rigor técnico el caso de Asun con la ayuda del texto escrito, separando los aspectos educativos, patológicos y morales que en él se reflejan para después hacer una síntesis interpretativa de todos ellos y diseñar un plan de rehabilitación a corto y medio plazo. Ya desde la primera consulta con el texto en mano la paciente empezó a vislumbrar que era posible encontrar paz, equilibrio psicológico y madurez humana, a pesar de los errores cometidos en el pasado y las injusticias sufridas provenientes de quienes profesionalmente tenían el deber de ayudarla en los momentos más críticos de su vida y no supieron o no quisieron hacerlo. Pero, como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena. Mientras hay vida hay esperanza.
El enamoramiento, la mala formación religiosa y las patologías emocionales son fuente constante de sufrimiento humano y de errores en la vida. El siguiente relato es sólo un botón de muestra de lo que resulta cuando una persona ha sido víctima de estas tres causas de sufrimiento al mismo tiempo.
“Desde que se suicidó Miguel Ángel mi vida ya no tiene sentido. Yo era una persona muy alegre y cariñosa con todos, lo cual me acarreó también muchos problemas. Mi matrimonio había sido un fracaso. Ya en el viaje de novios me di cuenta de que no podía seguir con él. Me quitó toda la libertad para con la familia, los amigos y un sin fin de cosas. Mi marido, en efecto, era una persona insegura y con unos celos de muerte. Yo no podía vivir así. Lo consulté con un sacerdote y me dijeron, incluso en la Rota, que esto no tenía arreglo y que cada día iría a peor. Me anularon el matrimonio por no haber existido consumación. Él lo pasó muy mal y se puso en contacto con un sacerdote del Opus Dei y al final, yo llena de escrúpulos de conciencia, volvimos a casarnos. Tuve cuatro abortos, un niño que murió en el parto y, gracias a Dios, tenemos una hija con 26 años que es muy buena, pero que a su padre no lo quiere y no se relaciona con él. Ella fue a la psicóloga y la aconsejaron que para nada se relacionara con él porque es un hombre celoso y enfermo. Yo la digo a mi hija que su padre no nos ha dejado crecer y que me voy a condenar por su culpa, aunque, gracias a Dios, me siento querida por todos. He estado durante cuarenta años cuidando enfermos como Auxiliar de Enfermería y he sido muy feliz en mi trabajo con las compañeras y con la Dirección. Mi familia me quiere con locura y tengo un montón de amistades con las que me siento muy bien. Sólo tengo problemas con él y me hace mucho sufrir. Miguel Ángel era, junto con mi hija, los que me quitaban las penas.
Yo vivía en Barcelona con mi hermana y cuando ella tuvo a M. Ángel trabajábamos las dos en el Hospital, nos turnábamos y lo criamos entre las dos. Él siempre decía que tenía dos madres y yo lo tenía como un hijo. Ellos vivían en Barcelona y yo al casarme me vine a vivir a Madrid. ¡Cuánto lloré por ese niño!
Cuando me separé de mi marido regresé a Barcelona y me volvieron a dar la plaza en el Hospital. Miguel tenía 6 ó 7 años pero fue un ángel para mí. Fue un niño muy querido por todos menos por mi marido. Yo me le traía con sus hermanos menores a Alcobendas y los apuntaba a los campeonatos con mi hija y toda la vida hemos tenido esa relación tan bonita. Tengo que decir que el padre de Miguel es un hombre bueno, pero también con problemas, hijo de madre soltera, y muy autoritario. A los 14 años se fue de casa, luego a la Legión y, por supuesto, con mucha falta de cariño, lo cual siempre pasa factura. Por su parte mi hermana es una santa y no sé cómo resiste.
Miguel tuvo una relación con una chica durante 7 años y ésta le dejó por otro que era de un nivel social más alto y creo que ese fue el problema. Le sobrevino una depresión profunda y tuvo el primer intento de suicidio dejando una nota escrita. Estuvo en coma y salió de ella pero a partir de entonces estaba siempre triste. Se fue a Méjico y mejoró. Luego se fue a Cuba a estudiar cine. Yo le pagaba los estudios y estaba contento. Allí se casó con una chica divorciada de 23 años de edad la cual creo yo que le volvió loco. Esta chica le convenció para volver a Barcelona y cuando ya estaban allí ella se fue con otro señor y le dejó tirado.
Las cosas iban a peor y yo decidí traérmelo a Madrid para que se olvidara de ella, al menos para que no la viera y le hiciera sufrir, ya que él sí que la quería. Estuvo durante algún tiempo en Madrid pero volvió de nuevo a Barcelona donde empezó a beber y a drogarse. Con lo cual iba de mal en peor. Así las cosas, me lo traje otra vez a Madrid porque mi hermana ya no podía más. Tiene otro hermano enganchado también a la droga. Su padre murió de una sobredosis y dejó un niñito. La madre los tenía en casa al padre del niño y a Miguel Ángel y ya no podía soportar aquella situación. Así las cosas yo quise ayudar a mi hermana con la convicción de que Miguel Ángel podría curarse ya que a mí me quería mucho y haría lo que yo le dijera.
Estuvo trabajando de administrativo en el Hospital, se puso en tratamiento. Yo le veía con ganas de recuperarse y me hice muchas ilusiones. Yo rezaba mucho y le pedía al Señor que no le dejara solo. Hablé con un sacerdote sobre este asunto y, según su opinión, era que yo no rezaba bien. Luego todo se fue complicando. En el Centro donde yo trabajaba no le hacían mucho caso y todo fue de mal en peor. Y llegó la tragedia que no se la deseo ni al más criminal y enemigo, porque eso es para vivirlo.
Yo me moriré con la pena de haber llamado a la policía para que nos ayudara en esos momentos de locuras que tuvo. Tengo la sensación de haberle llevado al patíbulo para que le crucificaran porque, si no le mataron, se le dejaron morir, que es lo mismo. Tengo metidos en mi corazón dos gritos de lamentos y agonía. Murió como un criminal sin haber hecho nada (era un enfermo) con un corazón que ya quisiera yo parecerme a él. Tengo la sensación de que Dios me ha castigado, y bien, por tantas infidelidades de mi vida pasada. Y si él está en el infierno, como me aseguró un sacerdote exorcista, yo también quiero ir allí con él ya que soy más culpable que él.
Yo soy de un pueblo de Badajoz y la quinta de los 6 hermanos. Una murió a los 22 años de edad cuando yo tenía 7 y lo recuerdo todo. La dejó el novio y entró en una depresión muy grande que entonces llamaban “mal de amores”. Se volvió medio loca. Era la mayor de los hermanos y mi madre no la podía atender aunque la llevó a muchos médicos. Pero ella no mejoraba. Al contrario, sufría ataques y hacía locuras. Luego me enteré por otra hermana que mi madre no pudo más y en uno de esos ataques que sufrió la ayudó a morir, o sea, que le practicó la eutanasia.
Yo no podía comprender esto pero luego pensé: ¿cómo estaría mi madre para hacer eso? ¡Dios mío! Pasábamos hambre. Yo recuerdo que el poco tiempo que puede ir al colegio cogía dinero a las monjas porque no podíamos comer en casa. Yo tendría 10 ò 12 años y me iba al campo a segar y dormía debajo de una encina o en un cortijo con mi padre y varios hombres encima de una manta o como se podía, y casi sin comer.
Por las noches iba al colegio, saqué los estudios primarios y empecé a sentir deseos de ser monja. Lo que digo a continuación es para morirse. Nunca hasta ahora lo había contado porque es antinatural. Así lo veo ahora, pero entonces me parecía que tenía que ser así. Se trata de lo siguiente. El sacerdote que nos dirigía decía que para ser monja había que ser virgen y que la virginidad se podía perder de muchas maneras. Por ejemplo, por un movimiento brusco o cualquiera otra cosa porque él sabía que nosotras no habíamos tenido relaciones con ningún hombre. Así que él mismo nos examinaba individualmente por separado aunque nunca las cosas llegaron a más. Entre las chicas que examinó para verificar su virginidad me encontraba yo. Entonces, insisto, aquel chequeo de virginidad a las chicas que habíamos expresado el deseo de ser monjas nos pareció normal. Ahora, cuando recuerdo aquellas escenas me digo a mí misma: ¡Madre mía, qué disparate y qué ignorancia la mía! Luego supe que aquel sacerdote, afortunadamente, se había marchado del pueblo y se había casado.
A los 18 años de edad me fui a Badajoz a cuidar a mi abuela que vivía con su hijo, hermano de mi madre. Vivía cerca de la Catedral y allí me fui a confesar con un sacerdote, canónigo y profesor del Seminario. Me dijo que fuese a su casa porque me iba a dejar prestados unos libros. Efectivamente, fui a su casa en busca de los libros prometidos y qué mala impresión me causó. Me estuvo enseñando el dormitorio, unas fotos de niñas semidesnudas y no recuerdo las cosas que me dijo. Cogí los libros y antes de marcharme me dijo que volviera pronto. Los libros se los entregué a unas monjas para que se los devolvieran ellas de mi parte y, muy preocupada, fui a contar lo ocurrido a otro sacerdote, el cual me dijo que tenía que informar al Obispo de lo ocurrido para que tomara cartas en el asunto.
A los 20 años de edad me fui a un convento de monjas e hice el noviciado. Al cabo de dos años tuve que someterme a una operación quirúrgica, fui a mi casa para recuperarme y no volví al convento sino que marché a Barcelona donde me apunté a clases de Auxiliar de enfermería. En el centro había una profesora monja y me enamoré de ella. Yo la quería muchísimo y creo que ella también a mí. Luego ella se fue a Salamanca a estudiar teología, se juntó con un teólogo y nos perdimos la pista para siempre. No ocurrió nada especial entre las dos pero yo quedé marcada por la tristeza. Yo adopté una actitud pasiva esperando a que ella tomara alguna iniciativa en la dinámica de nuestras relaciones afectivas. Esta experiencia dejó en mí una marca profunda de tristeza. De Barcelona marché a Bilbao a vivir con mi hermana y una amiga casada, con la cual mantuve una relación sentimental. Esta vez hubo intercambios sexuales entre las dos y terminamos muy mal.
Durante el tiempo que estuve con la nulidad de mi matrimonio conocí a otro sacerdote vinculado la catedral de Barcelona y con un cargo administrativo importante relacionado con Cáritas. Vivía con su anciana madre y me invitó a su casa y todo transcurrió con normalidad. Pero a los pocos días me dijo que volviera, acepté la invitación y terminamos en la cama. Yo había regresado a Madrid y un día me llamó para decirme que tenía que venir a Madrid para resolver unos asuntos y que me invitaba a comer en un buen Hotel donde se alojaba. Después del almuerzo me pidió que le acompañara a la habitación y terminamos una vez más en la cama. El párroco de mi pueblo quiso también liármela y tuve que salir pitando de su casa.
Yo comprendo que a veces estas situaciones no se pueden evitar y que lo que más daño me ha hecho de toda esta triste historia ha sido lo de que Miguel Ángel esté en el infierno. Porque, si alguien tiene que ir al infierno, esa soy yo por ser tan pecadora. Ahora me paso la vida pidiendo perdón al Señor por todo. Pero tengo una cortina tan oscura que no me deja ver la luz. Quisiera acercarme más al Señor y tener más fe, porque tengo momentos en que la pena, el dolor y los remordimientos no me dejan vivir en paz y hasta tengo muchas dudas de si verdaderamente Dios existe. A pesar de todo, quiero pensar que sí y le pido que me ponga alguien en el camino que me ayude a crecer y a cambiar y no me mande al psiquiatra, sino que me ayude a ser cada día un poco mejor. Yo quisiera estar cerca de Jesús y de la Santísima Virgen y sentirlos en mi corazón pero con estas cosas estoy aturdida y ya no sé ni por dónde ando ni a dónde voy. He tenido momentos muy malos, de no querer vivir porque la pena que tengo por todo casi puede conmigo.
Tengo pendiente el juicio de Miguel Ángel porque denuncié a la policía y me cuesta perdonar. Sólo quiero hacerles saber que M. Ángel no era un criminal o delincuente sino un enfermo, y a donde tenían que haberle llevado, como yo les dije, era a un hospital y no a un calabozo. Tengo el resultado de la autosia (para morirse uno de pena) y no pone nada de que hubiese tomado droga aunque sí alcohol, que debió mezclar con pastillas o no sé con qué. Cuando cogí el informe fue algo terrible al ver unas fotos que no sé cómo han podido ponerlas ahí. No puedo expresar el dolor que sentí al verle con una camiseta mía que le gustaba y los zapatos al lado.
Tuve un ataque de ansiedad, me fui a ver a mi psicóloga y gracias a ello pude tranquilizarme algo. La psicóloga, que también quería a Miguel Ángel, no quiso ver el Informe porque le iba a dar mucha pena verlo y me aconsejó que yo no volviera a verlo. Pero es igual porque lo tengo metido en el corazón y dentro de mi alma. Mis hermanos me han preguntado muchas veces por el Informe policial y les he dicho que se lo entregué a la abogada y que no pone nada en especial. Sólo que se suicidó. A la abogada le dije también que no se lo enseñara porque eso es terrible. Del Informe yo casi no entiendo nada. Cita cosas similares que yo no entiendo. Yo sólo entendí lo que vi: un hijo tan bueno, tan lindo y tan querido muerto de esa manera tan injusta como Cristo. Yo no podré nunca superar este dolor y el trauma que tengo. No sé cómo no me he vuelto loca, aunque a veces pienso que quizás algún día acabaré loca si es que no estoy ya un poco.
Tengo que decir que no he querido a nadie en mi vida como a él y aclaro que fue un cariño y amor especial. Puse en él al hijo que perdí y eran mi hija y él como dos hermanos sin diferencias de cariño ni de nada. Él tenía también locuras conmigo pero todo era muy limpio. Digo esto porque alguien pensó que teníamos algo más. Alguna vez me dijo: tía, si tú un día te mueres yo ese mismo día me voy contigo. ¿Se puede querer más? Entonces pienso que yo tendría que haber hecho lo mismo que él pensaba.
Ya le dejo a Usted porque las lágrimas no me dejan escribir y además pienso que le estaré cansando con este triste relato. Un abrazo. Asun.”
LA SEGUNDA ENTREGA DE ASUNCIÓN POR ESCRITO FUE LA SIGUIENTE.
“Hace tiempo que quiero expresar mis sentimientos surgidos del encuentro con un sacerdote al cual yo acudí buscando una ayuda que me diera un poco de paz para acercarme al Señor al cual yo casi despreciaba porque me había quitado lo que más quería. En efecto, yo tenía conmigo a mi sobrino al que crié. Toda la vida fue para mí un apoyo y lo mismo para sus padres y toda la familia. Teníamos locuras uno por el otro. Era un niño precioso especial. Tengo que dar gracias a Dios porque me enseñó a ser humana y caritativa. Quería y amaba a todos. A mí me tenía un cariño especial y yo lo mismo a él. Muchas veces me decía que yo era una roca, que admiraba mi fuerza y que, si yo me moría, ese mismo día se iría conmigo. Yo sentía lo mismo por él.
¡Y la mala suerte de la vida! Como he dicho antes, tuvo una relación de muchos años y la chica le dejó por otro hombre de condición social más alta. Cogió una gran depresión y tuvo un intento de suicidio en casa y estuvo a punto de morir. Se pudo recuperar pero ya no tuvo nunca ilusión por la vida. Yo conservo la carta de despedida que, si es necesario para poder interpretar su desesperación, se la puedo dejar a usted.
Con más o menos lucha pudo ir cogiendo ánimos. Él vivía en Barcelona con sus padres y cuando ocurrió la catástrofe de Méjico se fue a ayudar a la gente. Y me decía: como tú querías tener un hijo misionero, pues aquí estoy yo. Hizo la primera comunión en los dominicos de S. Pedro Mártir, en Madrid y se integró en los Boys Cows.
Le gustaba hacer cine y trabajó con Almodóvar en la película “Todo sobre mi madre”. Parecía que ya estaba bien y decidió irse a Cuba donde parecía que había un lugar de perfeccionamiento en ese campo del cine. Pues bien, lo de Cuba fue su perdición y la nuestra. Yo le pagaba los estudios y estaba encantada de que él estuviera bien. Pero conoció allí a una chica de 23 años divorciada y todo el afán de esta fue casarse con él y venirse a Barcelona. Mi hermana y mi sobrino, el hermano de Miguel Ángel, fueron a la boda y todo parecía bonito. Pero he aquí que al poco tiempo ella ya tenía otro hombre y le abandonó. Tengo la seguridad de que le hacían brujerías porque yo encontré herraduras, velas y otras cosas que los tenían trastornados y no pudo más. Así las cosas fui a Barcelona y me lo traje a mi casa porque mi hermana casi no le podía atender. Ella tenía otro hijo que no estaba bien y un niño de 8 años cuya madre había muerto a los 26 años a causa de una sobredosis. Yo le puse a Miguel Ángel en mano de médicos y con todo mi cariño y la ayuda que necesitaba iba trampeando pero quería morirse porque la vida no tenía ya sentido para él.
Empezó a beber muchísimo, tuvo buenos trabajos pero no podía con su cuerpo y yo me sentía impotente y cansada al tiempo que mi marido me martirizaba con el tema y tuve muchos problemas por ello. Pero yo pensaba que podía sacarle a Miguel Ángel de esta enfermedad. Rezaba y todos los días le ponía en manos del Señor pero cada día iba a peor, se empezó a meter en la droga y con tanta medicación antidepresiva el estado de su salud empezó a ser muy preocupante. Desaparecía durante varios días y yo me desesperaba buscándole por todas partes. Di parte a la policía y un día me lo encontraron pidiendo en el Metro como un mendigo lleno de llagas. Con cariño le pude llevar a casa y así íbamos pasando la vida. Yo trabajaba en el Hospital, tenía que madrugar y estaba cansada pero quería que se curara. Una vez tuve que ir a los Barranquillas a buscar la dosis porque se me moría. Yo no sabía cómo actuar pero le quería tanto que no me importaba nada de mí misma con tal de que él, que tenía un corazón limpio y bueno, estuviera bien. Yo quise que arreglara lo del divorcio por si conocía a otra chica y podía rehacer su vida pero ella, su mujer, le dijo que se tenía que volver a Cuba porque aún no cumplía el tiempo que marcaba la ley para permanecer en España. Luego supimos que ella se había traído a toda su familia a España y que tenía una hija con otro hombre.
El tuvo muchos altos y bajos. Unas veces quería seguir luchando y otras quería terminar con su vida. Tengo que decir que yo tengo una hija muy buena de 27 años, que es fruto de 4 embarazos y un niño muerto en el parto y ese sitio es el que ocupaba Miguel Ángel. Así yo me hice la ilusión de que tenía una hija y un hijo y él decía: qué suerte tengo de tener dos madres. Y qué pena, digo yo, que entre dos madres no pudimos salvarle. El me llamaba mamá y por eso digo que he perdido un hijo.
Una tarde se fue al médico y quedamos que cuando volviera iríamos por ahí a tomar algo juntos. Al día siguiente esperaba a una amiga que llegaba de Barcelona y su madre le había enviado algo de dinero para que pudiera pasar con ella el fin de semana. Como tardaba en volver del médico le llamé y me dijo que se había encontrado con unos amigos y que regresaría pronto. Pasaban las horas y no volvía por lo que yo estaba preocupada. Pasada la media noche le llamé y le noté mal. Entonces le dije que, si no venía, le cerraba la puerta de casa. Fui dura con él y me arrepiento de ello.
Por fin llegó. Yo estaba acostada, mi marido le abrió la puerta y comenzaron a discutir. Me levanté, me acerqué a ellos y seguí siendo dura. Le dije que si no se portaba mejor le mandaría con sus padres. Pero él ya no reaccionaba. De pronto, fuera de sí, dio un grito, se fue hacia mi marido con una navaja y le dijo que le iba a matar. Se volvió loco y a mí, que me tenía locuras de cariño, me cogió por el cuello, pero no podía hacer nada ya que estaba con un brote sicótico y no sabía lo que hacía. Yo tuve miedo de que se tirara por el balcón o se autolesionara. Le tiré al suelo en un intento por controlar la situación pero no podía. Y esta es mi pena, mi dolor y mis sentimientos que no me dejan vivir en paz.
Llamamos a la policía para que nos ayudaran y les dije que, por favor, le llevaran a un psiquiátrico porque se había vuelto loco, que él no era así ni había tenido antes esa actitud. Le llevaron a un Centro de Salud y no sé qué le dieron. Luego la Dra. Dijo a los guardias que si empeoraba llamaran al SAMUR. Yo esperaba sola en la sala de la comisaría y pedía información a los guardias. Primero me dijeron que estaba tranquilo y más tarde, que estaba muy mal. Luego oí dos gritos de él que los llevo grabados en el alma. Le pregunté al que me informaba que por qué le tenían allí tratándose de un enfermo el cual debería estar en un hospital. Me respondieron que ya habían llamado al SAMUR.
El médico del SAMUR habló conmigo antes de entrar a verle y me dijo que ya me informaría. Yo insistí en que Miguel Ángel debería estar en un centro psiquiátrico. Al poco tiempo salió y me dijo: ha fallecido, se ha suicidado. Yo no puedo explicar lo que sentí en mi alma al oír esta información. No comprendía nada. Miguel Ángel entró en esas dependencias por sus propios pies y me lo sacaron muerto. ¿Cómo se lo dejaron morir? Sentí dolor y odio hacia aquellas personas que tendrían que haberle cuidado ya que era un enfermo. No me dejaron verle ni vivo ni muerto ni tampoco me mostraron dónde le habían tenido. El Comisario me dijo que lo sentía y reconocía que había sido una negligencia.
Yo no daba pie con bola. Eran las cuatro de la mañana y tenía que llamar a sus padres que vivían en Barcelona, a mi hija y a mis cuatro hermanos, los cuales vivían en Bilbao y Huelva. No acertaba a dar con los números de teléfono y yo estaba medio loca. Ya puede usted imaginarse el estado de ánimo de sus padres al encontrarse con su hijo en el Tanatorio. Yo tampoco pude verle antes. Ante esta tragedia me derrumbé, me desesperé y quería morirme. Sentía odio, falta de fe, desesperación y todo lo peor.
En este estado de ánimo me encontraba y una compañera del Hospital me dijo que fuera a hablar con el P. Amando, que era el que podría ayudarme pues hacía exorcismos y que me iba a sentir mejor. Seguí el consejo de mi compañera y fui. ¡Madre mía! Qué dolor sentí al escucharle. Después de contarle todo me confesé con él y me pareció que ya iba a sentirme mejor y encontrar un poco de paz. Pero al terminar sus oraciones me dijo en tono sentencioso y contundente: “tu sobrino está en el infierno”. Lo dijo con tal frialdad que me dejó rota, salí de allí destrozada y me dieron ideas de tirarme al Metro, porque yo también quería ir al infierno con él. No se puede nadie imaginar usted el daño tan grande que me han hecho estas palabras y no soy capaz de quitármelas de encima. A veces pienso: si él está en el infierno yo también quiero estar allí con él. Actualmente me encuentro mejor y pido a Dios que no me deje de su mano, pero me cuesta todo mucho.
Otro sacerdote, cuando le comenté estas cosas, me dijo que a lo mejor yo no rezaba bien y por eso Dios no le curó a Miguel Ángel. Respuesta que aumentó mi pena. Otro al que confesé mis pecados de desesperación y angustia me dijo que él no podía hacer nada porque lo mío era un caso de tratamiento psiquiátrico. Pero el psiquiatra y psicólogo a los que estoy acudiendo sólo me escuchan y dan pastillas y no me dan ni esperanzas ni paz. ¡Qué mala suerte la mía! Si puede y dispone de tiempo me gustaría hablar con usted sobre el contenido de este triste relato. Asun”.
Efectivamente, tuve la oportunidad de estudiar con detenimiento y rigor técnico el caso de Asun con la ayuda del texto escrito, separando los aspectos educativos, patológicos y morales que en él se reflejan para después hacer una síntesis interpretativa de todos ellos y diseñar un plan de rehabilitación a corto y medio plazo. Ya desde la primera consulta con el texto en mano la paciente empezó a vislumbrar que era posible encontrar paz, equilibrio psicológico y madurez humana, a pesar de los errores cometidos en el pasado y las injusticias sufridas provenientes de quienes profesionalmente tenían el deber de ayudarla en los momentos más críticos de su vida y no supieron o no quisieron hacerlo. Pero, como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena. Mientras hay vida hay esperanza.
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